
Microcuentos
Fresia Carvajal
Profesora de lenguaje
Añoranzas
Recuerdo mis días de universidad, cuando se podía fumar en clases. En pruebas y ciertos ramos, la mayoría sacaba sus cigarrillos, incluso profesores, frente a una minoría que protestaba y era ridiculizada. Hasta algunos profesores fumaban, recuerdo a la profe de Literatura general, con su sempiterno pucho y dejando la sala pasada a Luky, mientras algunos nos poníamos a toser, indicando nuestro malestar.
Hasta que la Universidad prohibió fumar, como ahora, que se prohíbe hacerlo en todos los lugares públicos, claro que es exagerado hacerlo en pubs y otros locales nocturnos, porque los que van ahí no son niños ni enfermos. Esos días de universidad dejaron su huella para siempre en algunos que nos volvemos a reunir cada cierto tiempo, nos reímos de las viejas anécdotas y por cierto, lo hacemos en un bar para No fumadores.
Desafortunada fortuna
Me levanté rápidamente, alguien había abierto cuidadosamente la puerta de entrada, la luz proveniente de la calle se filtró por entre la pequeña rendija que se produjo y sentí los pasos sigilosos, no me cabía duda, escuché que mi voz decía muy interiormente. “debe ser un ladrón”, y sentí que la sangre se me helaba en las venas. Estaba seguro, pues yo mismo había cerrado la puerta. Debía ser un ladrón, el piso crujió bajo el peso de un extraño que no conocía el deplorable estado en que se encontraban las tablas, gastadas por el paso de los años, termitas y cientos de pasos sobre ellas, debía ser un ladrón.
Conocida era el valor que mis estampillas habían alcanzado en los últimos años al descubrirse un antiguo sello entre mi colección, ¿Por qué no las había asegurado como me lo advirtieron mis más cercanos?
Ya no me cabía duda, debía ser un ladrón, una silueta se recortó en la sombra y todo se nubló, no recuerdo bien lo que pasó después, un fuerte golpe en la cabeza me dejó sin conocimiento y al despertar tuve la certeza, el desorden que reinaba en la habitación, mi colección sobre el escritorio y el espacio que dejó la ausencia del sello de mi fortuna, que tan mala me había traído…
Conocida era el valor que mis estampillas habían alcanzado en los últimos años al descubrirse un antiguo sello entre mi colección, ¿Por qué no las había asegurado como me lo advirtieron mis más cercanos?
Ya no me cabía duda, debía ser un ladrón, una silueta se recortó en la sombra y todo se nubló, no recuerdo bien lo que pasó después, un fuerte golpe en la cabeza me dejó sin conocimiento y al despertar tuve la certeza, el desorden que reinaba en la habitación, mi colección sobre el escritorio y el espacio que dejó la ausencia del sello de mi fortuna, que tan mala me había traído…
Último Viaje
El bote se hizo a la mar, contento, ansioso de surcar las olas que hasta ayer habían besado la pardusca arena y no habían alcanzado al promontorio donde yacía olvidado, seco, sintiendo el polvo y el viento caliente del verano, envidiando a los otros que al alba salían a buscar el pan en redes repletas de verdes jerguillas, rojos y dorados congrios, plateadas palometas envueltas en olorosas y suaves algas, y celebrados por el graznido de voraces gaviotas que esperaban al costado de la caleta su pitanza.
Diestros cuchillos faenaban rápidamente la captura y se acallaban las voces gritando la pesca, una jornada había terminado, mañana comenzaría otra, y él se quedaría allí como tantos otros días, respirando fuerte el aire que venía del mar, esperando la brisa húmeda con el sabor de la sal y recordando, también él había sabido de madrugadas frías, de vientos traicioneros y de olas que cuales garras se levantaban queriendo lanzarlo contra el roquerío, pero él danzaba sobre ellas, brincaba ágilmente y escapaba del abrazo de hembra furiosa que implacable lo aguardaba.
Ahora sentía bajo su vientre las heladas aguas, mientras las aspas oxidadas del silencioso motor lo entregaban a la corriente, había sorteado el juego de las olas y se aprontaba a seguir la estela que dejaban los que le llevaban la delantera, el rastro de redes y aves que lanzándose en picada cobraban su cuota al mar, llevando en los rojos picos la vida para sus siempre hambrientas crías.
Las olas lo mecían suavemente, el sol despuntaba sobre los cerros detrás de la caleta y habían desaparecido las coloridas techumbres de las casas de los pescadores, entre él y la playa sólo había mar, el mar que había anhelado surcar y que comenzaba a penetrar lentamente en él, llenándolo de espuma y sal, huiros y toda suerte de algas lo abrazaban para llevarlo a un lecho de finísimas redes y caracolas rosadas, se entregó, no intentó desprenderse del mortal encuentro, sabiendo que dormiría por siempre bajo el manto azuloso, lejos de la arena que no besaba el mar.
Diestros cuchillos faenaban rápidamente la captura y se acallaban las voces gritando la pesca, una jornada había terminado, mañana comenzaría otra, y él se quedaría allí como tantos otros días, respirando fuerte el aire que venía del mar, esperando la brisa húmeda con el sabor de la sal y recordando, también él había sabido de madrugadas frías, de vientos traicioneros y de olas que cuales garras se levantaban queriendo lanzarlo contra el roquerío, pero él danzaba sobre ellas, brincaba ágilmente y escapaba del abrazo de hembra furiosa que implacable lo aguardaba.
Ahora sentía bajo su vientre las heladas aguas, mientras las aspas oxidadas del silencioso motor lo entregaban a la corriente, había sorteado el juego de las olas y se aprontaba a seguir la estela que dejaban los que le llevaban la delantera, el rastro de redes y aves que lanzándose en picada cobraban su cuota al mar, llevando en los rojos picos la vida para sus siempre hambrientas crías.
Las olas lo mecían suavemente, el sol despuntaba sobre los cerros detrás de la caleta y habían desaparecido las coloridas techumbres de las casas de los pescadores, entre él y la playa sólo había mar, el mar que había anhelado surcar y que comenzaba a penetrar lentamente en él, llenándolo de espuma y sal, huiros y toda suerte de algas lo abrazaban para llevarlo a un lecho de finísimas redes y caracolas rosadas, se entregó, no intentó desprenderse del mortal encuentro, sabiendo que dormiría por siempre bajo el manto azuloso, lejos de la arena que no besaba el mar.
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