
Microcuentos
Fresia Carvajal
Profesora de lenguaje
Añoranzas
Desafortunada fortuna
Conocida era el valor que mis estampillas habían alcanzado en los últimos años al descubrirse un antiguo sello entre mi colección, ¿Por qué no las había asegurado como me lo advirtieron mis más cercanos?
Ya no me cabía duda, debía ser un ladrón, una silueta se recortó en la sombra y todo se nubló, no recuerdo bien lo que pasó después, un fuerte golpe en la cabeza me dejó sin conocimiento y al despertar tuve la certeza, el desorden que reinaba en la habitación, mi colección sobre el escritorio y el espacio que dejó la ausencia del sello de mi fortuna, que tan mala me había traído…
Último Viaje
Diestros cuchillos faenaban rápidamente la captura y se acallaban las voces gritando la pesca, una jornada había terminado, mañana comenzaría otra, y él se quedaría allí como tantos otros días, respirando fuerte el aire que venía del mar, esperando la brisa húmeda con el sabor de la sal y recordando, también él había sabido de madrugadas frías, de vientos traicioneros y de olas que cuales garras se levantaban queriendo lanzarlo contra el roquerío, pero él danzaba sobre ellas, brincaba ágilmente y escapaba del abrazo de hembra furiosa que implacable lo aguardaba.
Ahora sentía bajo su vientre las heladas aguas, mientras las aspas oxidadas del silencioso motor lo entregaban a la corriente, había sorteado el juego de las olas y se aprontaba a seguir la estela que dejaban los que le llevaban la delantera, el rastro de redes y aves que lanzándose en picada cobraban su cuota al mar, llevando en los rojos picos la vida para sus siempre hambrientas crías.
Las olas lo mecían suavemente, el sol despuntaba sobre los cerros detrás de la caleta y habían desaparecido las coloridas techumbres de las casas de los pescadores, entre él y la playa sólo había mar, el mar que había anhelado surcar y que comenzaba a penetrar lentamente en él, llenándolo de espuma y sal, huiros y toda suerte de algas lo abrazaban para llevarlo a un lecho de finísimas redes y caracolas rosadas, se entregó, no intentó desprenderse del mortal encuentro, sabiendo que dormiría por siempre bajo el manto azuloso, lejos de la arena que no besaba el mar.








